Aprendizajes de la Sesión 1 de Impulsa IA, con Sebastián Hacher

Hablarle a un modelo de lenguaje se parece más a escribir una fórmula que a conversar. Esa fue la puerta de entrada de la sesión que dio el periodista, autor y consultor de medios experto en IA y diseño conversacional Sebastián Hacher en Impulsa IA, un programa de Factchequeado con el apoyo de la Patrick J. McGovern Foundation que busca apoyar a medios aliados en la incorporación de Inteligencia Artificial en distintos niveles de sus organizaciones, desde el uso de herramientas hasta el diseño de otras nuevas, así como también la articulación de políticas y estrategia de adopción de estas nuevas tecnologías.
¿Qué le pasa a la escritura periodística cuando entra la inteligencia artificial? ¿Gana en velocidad, ¿gana en eficiencia? ¿Qué pierde? Estas fueron algunas de las preguntas disparadoras que fueron abordadas durante esta primera sesión inicial, orientada a capacitar a los medios participantes del programa en formas más pensadas de utilizar cualquier herramienta de IA y a que entiendan de forma más clara cómo trabaja por detrás esta tecnología.
La operación matemática detrás de la magia
Conviene empezar por lo más básico, que también es lo más importante: los modelos de lenguaje no piensan. Lo quehacen son operaciones matemáticas con el lenguaje. Cada palabra se convierte en un vector numérico, se guarda en una base de datos vectorial de miles de dimensiones, y cuando le hacemos una pregunta el modelo busca las coordenadas de respuesta más probables según todo aquello con lo que fue entrenado.
Por eso “alucinan” (se equivocan, como preferimos decirle en Factchequeado). No es un error aleatorio, es la consecuencia lógica de una operación matemática que, a veces, llega a un lugar equivocado del mapa, y de ahí cuesta muchísimo sacarla.
Entender esto no es un detalle técnico menor, porque cambia el modo en que nos vinculamos con estas herramientas: cuando le hablamos a un modelo de lenguaje estamos escribiendo una fórmula en lenguaje natural, y mientras más precisa sea la fórmula, más preciso será el resultado.
Lo que está en riesgo
La escritura rutinaria y burocrática, esa que se les pegó a muchos periodistas después de años de diario, con frases hechas y tono impersonal, es la primera en desaparecer, advierte Sebastián, porque la IA ya la hace mejor.
Pero el problema, explicó Sebastián, no es que las máquinas sean en algunas cosas mejores que algunos humanos. Lo realmente inquietante es que Internet se está llenando de contenido sintético, y con eso aparece una especie de «valle inquietante» aplicado a la escritura: textos que parecen humanos, pero tienen algo que los delata. Todo empieza a parecerse a todo, como esos Airbnb idénticos en cualquier ciudad del mundo.
El riesgo más grande no es que la IA escriba en nuestro lugar, es que nos acostumbre a aceptar el promedio estadístico como buena escritura, y que la audiencia, cada vez con menos práctica lectora, ni siquiera note la diferencia. Este fue uno de los llamados de atención que nos hizo Sebastián.
Dónde la IA es fuerte y dónde no
La inteligencia artificial avanzó muchísimo en gramática, coherencia y escritura académica o periodística básica. Sigue floja, en cambio, en cuanto a la profundidad, la originalidad, la complejidad estética y en la producción de textos memorables y singulares, esos que dejan una marca en quien los lee. Es justo ahí donde cobra valor el trabajo humano que nos destaca como periodistas y que hace la diferencia en cuanto a servir a las personas con lo que hacemos.
Cómo trabajar con estas ventajas y debilidades, en la práctica
De la sesión salieron cinco prácticas concretas para incorporar a la rutina:
- Escribir prompts detallados: asignar un rol específico, definir formato y extensión, controlar tono y voz, dar ejemplos concretos y poner restricciones claras.
- Usar la IA para pasos intermedios y nunca para el producto final; copiar y pegar el resultado directo trae una bandera roja incorporada.
- Tratar a la IA como a un junior que trabaja mal: revisar siempre, no aceptar nunca sin criticar lo que devuelve.
- Armar asistentes personalizados (Gems, Custom GPTs, Proyectos en Claude) cargándoles los manuales de estilo de tu medio u organización y los criterios editoriales propios.
- Explorar herramientas low-code como Voiceflow para construir productos más sofisticados, aunque sin necesidad de programar.
El caso Eva: cuando la técnica se pone al servicio de lo humano
El ejemplo más potente de la sesión de Hacher fue Eva, un chatbot construido con El Surti (un medio de Paraguay) que le da voz a una mujer presa por tráfico de drogas, usada como «mula» por una banda narco. La IA se usó solo para entender el lenguaje natural de quien conversa, porque todas las respuestas de Eva las escribieron periodistas, más de cien, cuidando su manera particular de hablar, una mezcla de guaraní y español.
El resultado sorprende: Sebastián comentó que la gente puede conversar hasta veinte minutos con ella, arma su propia trayectoria narrativa y termina empatizando con su situación. Ahí está, condensada, la tesis central de la charla: la tecnología puede ejecutar, pero el criterio, la voz y la ética, siguen siendo profundamente humanos.
La conclusión que nos motiva
La IA en materia de escritura niveló el piso hacia abajo, pero subió el valor de quien escribe bien de verdad. No hace falta ser programador: en pocos meses se puede construir algo que cambie cómo trabaja una redacción entera.
Los dos consejos con los que Sebastián cerró la sesión inaugural de invitados de Impulsa IA resumen bien el momento. Son bien diferentes uno del otro: estudiar algo de Python y otros lenguajes de código, no para programar sino para entender la lógica de estas herramientas, y leer más poesía, porque ahí, en lo humano y lo narrativo está nuestra diferencia como periodistas y como medios.
Los que van a prosperar en esta industria son quienes usan la IA para liberar tiempo y dedicarlo a lo que de verdad importa: reportear, investigar y escribir con alma.
Este texto forma parte del Innovation Lab de Factchequeado, apoyado por la Patrick J. McGovern Foundation.